Navidad cristiana y nuevo año
La cristiandad universal celebra en estos días, la nochebuena y la navidad y en buena parte del mundo, también se cambiarán los almanaques el próximo 31 de diciembre, diciendo adiós a este conflictivo 2009 y recibiendo 24 horas después con un cúmulo de esperanzas recién estrenadas al nuevo año 2010.

Es decir, son estos días, días de profundo regocijo espiritual, pero sobre todo de honda y necesaria reflexión. La humanidad sin embargo, llega a esta instancia, sumergida en una profunda confusión, amenazada por la negligencia criminal de las grandes potencias industriales que acaban no hace mucho en Copenhague de anteponer nuevamente sus bastardos intereses económicos, a los sublimes derechos del planeta de existir.
Amanece también el nuevo año, con la furia de la guerra desatada por el genocida demente George Bush desde su poltrona en la Casa Blanca de Washington, reactivada y endurecida por su sucesor en el cargo, Barack Obama, un insipiente criminal de guerra galardonado con el premio Nobel del absurdo.
En el sufrido territorio latinoamericano, aletean nuevamente las negras alas de la prepotencia dictatorial generada por castas militares y oligárquicas, amanuenses de oscuros intereses corporativos y fascistas, conmoviendo el corazón centroamericano en Honduras y amenazando con una cruel metástasis regional alentada por la complicidad encubierta del imperialismo norteamericano, aun desde la inocuidad de sus vacías arengas democráticas.

Asia se estremece por la ratificación de la barbarie bushiana en Irak, Afganistán y Pakistán y la demencia asesina del sionismo genocida encumbrado en el estado de Israel provocando un verdadero holocausto en Gaza y amenazando desde el pulpito de su impunidad manifiesta, a Irán, Siria, Líbano, y todo aquel estado o gobierno que ose denunciarlo como lo que realmente es: un estado usurpador, agresor y genocida.
En el Sahara continúa el pueblo peleando por su libertad, mientras en el resto del continente africano decenas de miles de hombres, mujeres y niños caen ametrallados por las balas indiscriminatorias del hambre, el SIDA, la explotación infrahumana de las corporaciones, en Europa y en todas las grandes urbes y comunidades occidentales, la corrupción, la droga, el alcoholismo, la prostitución y la pornografía azotan a las sociedades que se debaten en una especie de maremoto existencial apocalíptico. Cada pocos segundos muere un niño de hambre en el mundo, o una mujer golpeada por la saña violenta de su pareja, en Hiroshima y Nagasaki siguen aún naciendo niños deformes como consecuencia genética de la deflagración nuclear generada en 1945 por los Estados Unidos de Norteamérica sobre poblaciones inocentes japonesas, mientras esos mismos Estados Unidos de Norteamérica sin autoridad moral alguna, acusan hoy a la Republica Islámica de Irán del tremendo “pecado” de intentar unirse a las naciones tecnológicamente avanzadas del mundo, utilizando la energía nuclear como recurso pacífico para movilizar usinas eléctricas, equipos médicos de alta complejidad , etc.
En fin, sorprende al mundo este cambio de almanaques y esta nueva celebración de la natividad cristiana, en medio de los estertores dolorosos de un proceso que de acuerdo a lo que los hombres y la historia determinen, podrán ser el anuncio de un nuevo parto esperanzador, o de la inminente y definitiva agonía previa al instante final.

Lo que pueda acontecer de ahora en más, no depende de los Obama ni los Netanyahu, ni los Putin, ni de las cumbres de Copenhague, Kyoto o cualquier otro organismo standard llámese ONU, OEA o como quieran sus gestores denominarles. El destino del mundo no está en las cumbres, sino en los llanos. Y en el llano son los pueblos los que deciden. Quizás haya llegado la hora definitiva entonces de que se derrumben las cumbres y se entronicen los llanos, y sean los pueblos, los hombres y mujeres simples de todos los días y no los burócratas de la alta y sucia política universal, los que determinen (determinemos) el destino definitivo de la humanidad sobre el planeta.
Que sea pues esta navidad y este estreno de almanaques para buena parte del mundo, una luz que ilumine las conciencias y avizore el futuro de justicia y equidad que Dios ha prometido a los justos y fieles.
*Julio César martínez es Director Editor de Multimedia Digital “Tercer Camino”