Jueves, 19 de Agosto de 2010 03:11

Siria: Anfitriona de una exposición de caligrafía coránica

por  Agencias*
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Una exposición de cuadros de caligrafía coránica será organizada por
los servicios culturales de Irán en Siria, en ocasión del inicio del bendito
mes de Ramadán.

Detalle de relieve en la Alhambra, periodo Nazarí.De acuerdo a la Agencia Internacional de Noticias Coránicas (IQNA),
citando a la Organización de la Cultura y de Comunicaciones Islámicas
de Irán, unos treinta cuadros de caligrafía coránica, reflejando el proceso
de desarrollo de la caligrafía coránica, serán exhibidos al público.

La exposición permanecerá abierta al público hasta el 10 de Ramadán,
es decir, el 20 de agosto.

De igual forma, en ocasión del bendito mes de Ramadán, los servicios
culturales de Irán en Siria, organizarán actividades taler como
conferencias, exposiciones y concursos culturales.

La caligrafía islámica

La caligrafía ocupa una posición muy especial en el arte del Islam, ya
que está estrechamente relacionada con la revelación coránica, de dos
maneras: en primer lugar, la palabra de Allah representa en la forma
del Corán el único testimonio de la revelación divina, que, aunque fue
transmitida oralmente a Muhammad, después fue concretada y difundida
por escrito por sus compañeros; en segundo lugar, esta revelación se
califica a sí misma en el Corán como una "escritura armónica'; que
está guardada junto a Allah "en inmaculadas hojas" y que es "bella"
e "insuperable". Estas palabras son hasta hoy día un estímulo para
todos los copistas del Corán, para dejarse guiar en su arte por la belleza
celestial de la palabra divina; éstos han dado a la caligrafía un ímpetu

comparable con las fuerzas que engendraron en el mundo occi­dental la
pintura religiosa y mundana, la escultura y la música.

La caligrafía árabe existe en todos los tama­ños y sobre todos los
materiales de expresión artística, pero las obras más importantes son
las que desde el siglo VIII fueron escritas sobre papel con una sencilla
pluma. El calígrafo esta­ba sentado en el suelo, apoyaba la hoja sobre
una rodilla y escribía con trazados fijos y segu­ros, que presuponían un

total control psicoló­gico y espiritual sobre la pluma. Era necesaria una
práctica de varios años para e1 dominio de este arte, y las obras maestras
de la caligrafía que se creaban provocaron admiración en todas partes;
fueron coleccionadas, guardadas, altamente apreciadas y se comerciaron
con ellas a precios de coleccionistas.

Al principio, la propagación del Corán se encontraba en una clara

escritura representa­tiva. La escritura de alfabeto árabe utilizada en
Meca y Medina, en la primera mitad del siglo VII es una escritura
consonántica, como todas las escrituras semitas; tiene 28 fonemas y se
escribe de derecha a izquierda, con lo que todas las letras pueden ser

unidas desde la derecha; sin embargo, hay algunas que no pue­den ser
unidas hacia la izquierda, por lo que puede haber vacíos dentro de una
palabra. Tres de los fonemas son semivocales, es decir, consonantes
que al mismo tiempo sirven para la grafía de vocales largas, como por
ejemplo la “w”, que es también una "u" larga. Las vocales cortas tenían
que inferirse del contexto, pero pronto se mostró la necesidad de señalar
estas vocales cortas mediante signos de ayuda. Lo mismo vale para el
sistema de uno hasta tres puntos, con los se diferencian estas letras, cuya
forma básica es igual, como por ejemplo la "s" y la "sh'; o la "b" y la "t".

Todavía en el siglo VII, la escritura cúfica se perfiló como escritura
coránica, una escritura angular de contornos extremadamente claros

que también parece monumental en peque­ños formatos y expresa en
su impresionante simetría la conciencia individual, con la que el Islam
propagó su escritura en su periodo clásico. La cúfica era, a pesar de que
su nombre deriva de la ciudad de Kufa en Irak, una escritura que estaba
extendida sobre todo el territorio del Islam, desde al-Ándalus en el oeste,
hasta más allá de Irán en el este; era una escritura univer­sal para una
civilización universal. En las escri­banías, especialmente instaladas para
ello, se escribieron ejemplares del Corán sobre perga­mino en forma
apaisada y se diseñaron inscrip­ciones que se grababan en piedra y se
aplica­ban en edificios; también se tejían en telas como ornamentos o se
bordaban.

Hasta entrado el siglo XII la escritura cúfica continuó siendo la escritura
del Corán; sin embargo, con la propagación del Islam en paí­ses en
los que se hablaban otros idiomas dis­tintos al árabe y para los que
se adoptó la escri­tura árabe (los más importantes son el persa y el
otomano-turco), habían surgido nuevas exi­gencias en la escritura y se
habían hecho efec­tivos nuevos impulsos.

Para la escritura diaria en la economía y en la administración, en
la cultura y la ciencia y en la correspondencia privada, hubo desde
el principio una forma de escritura más redonda. Probablemente se
desarrollaron de ella los esti­los que el visir Ibn Muqla (muerto en 939)

codi­ficó a principios del siglo X en Bagdad como los "seis estilos”,
que desde entonces sirven de pauta para todos los calígrafos islámicos
y que hasta el día de hoy se han perfeccionado en las direcciones más
diferentes: nasj, muhaqqaq, rayhan, tawqi, riqa y zuluz. Ibn Muqla ideó
un sistema con el que se miden las relaciones entre cada una de las letras
mediante puntos con la pluma. Con este sistema se consigue una clara
definición de las proporciones dentro de un estilo de escritura.

Fórmula de apertura "Con el nombre de Allah" en seis escrituras
diferentes. De arriba a abajo: riqa, nasj, nastaliq, zuluz, muhaq­qaq,
cúfica cuadrada.

Cálamos de caña y tintas utilizadas por los calígrafos islámicos.La escritura árabe tiene sencillas formas básicas, pero es irregular en las
proporciones, porque pequeñas formas redondas se encuen­tran junto
a largos y finos trazos verticales, y los arcos redondos resaltan hacia
abajo. En una línea de escritura existe siempre un desequili­brio entre
una parte superior demasiado vacía y una parte inferior llena de muchas
formas pequeñas. Una y otra vez los calígrafos se esforzaban por crear
un equilibrio; por ejemplo, ampliaron los extremos superiores de las
letras en forma de hojas, o llevaron los extremos infe­riores en elegantes
arcos hacia arriba y los hacían "florecer" en formas vegetales, o dejaban
que las propias letras se retorcieran, doblaran y entrelazaran. De esta
manera surgió la escritura cúfica "floreciente" o "adornada'; en la que la
escritura apenas resaltaba ante un fondo de motivos florales y de hojas.
Los extremos de las letras fueron incluso ampliados formando cabezas
humanas o de animales, pero esto nunca sucedió en los ejemplares del
Corán, sino en inscripciones de edificios o en vasijas, especialmente en
las de metal.

La escritura se convirtió rápidamente en una forma de arte que podía ser
utilizada en todas partes y que fue aplicada especialmente para decorar
edificios, pues la decoración figu­rativa se llevaba a cabo sólo con
reservas. Den­tro de la escritura cúfica se formaron estilos locales como
el oblicuo ductus “persa”, o el estilo usual en al-Ándalus y el oeste del
norte de África, del que surgió la posterior escritura "magrebí".

La introducción del papel, que llegó al mundo islámico en el siglo
VIII proveniente de China pasando por el centro de Asia, fue de gran
importancia para el desarrollo de la cali­grafía. Aunque los ejemplares
del Corán conti­nuaron siendo escritos preferentemente en pergamino,
porque era más duradero y le daba un carácter más oficial (lo que
también era váli­do para los documentos), los escritos cotidia­nos de
negocios y sobre todo los literarios reci­bieron con la introducción del
papel un impulso comparable al que se produjo con la invención de los
tipos móviles en la imprenta.

Mientras el Corán se escribía en pergamino, se conservó la escritura
cúfica; pero en el siglo XII también se había ya impuesto aquí el papel,
y la escritura cúfica dejó de utilizarse como escritura del Corán. En su
lugar, se utilizaron preferentemente tres de los estilos codificados por
ibn Muqla: el nasj, el muhaqqaq y el rayhan, mientras que los otros tres
estilos estaban más bien reservados a los escritos en cancillerías, en la
administración y en la correspondencia.

El Corán más antiguo conservado en nasj sobre papel fue escrito en el

año 1001 en Bag­dad por Ibn al-Bawwab, un alumno de Ibn Muqla y
el calígrafo más celebrado en su época, considerado en la historia de
la caligrafía como el segundo gran teórico después de Ibn Muqla. A
éste le siguió en el siglo mi Yaqut al-Mustasi­mi (muerto en 1298),
un perfeccionista al que se remiten tanto los calígrafos persas como
los otomanos, que desde entonces han contribui­do esencialmente al
perfeccionamiento de la caligrafía más allá de los "seis estilos". En
Persia esto fue sobre todo la formación del nastaliq, un ductus, que se
utilizó preferentemente para textos en lengua persa. Con la adopción del
Islam, los persas adoptaron también la escritu­ra árabe, y encontraron un
estilo que se ade­cuaba a su lengua y que hoy día es aún vigen­te. En el
siglo XVII se formó del nastaliq el shikaste, una escritura marcada por la
concen­tración y los arcos exagerados que tan sólo el hábil lector podía
descifrar fácilmente.

Alrededor de 1500, Shaij Hamdullah otorgó en el Imperio Otomano más
claridad a la nasj acuñada por Yaqut al-Mustasimi, animado por el deseo
de facilitar una lectura más clara; casi 200 años más tarde, Hafiz Osmán
mejoró esta calidad mediante todavía más simplificaciones. La mayor
parte de los calígrafos modernos de Turquía se remiten a esta tradición.

Los calígra­fos otomanos crearon con el estilo de la escri­tura divani
su propia variante de la caligrafía para todos los documentos oficiales.
La divani es casi tan difícil de leer como la shikaste, pero otorga al
documento una especial forma inte­rrumpida, en cuyo principio está
una de las invenciones más importantes de los calígrafos otomanos: la
tughra, el intrincado nombre escrito del sultán.

Para un calígrafo fue siempre natural inten­tar conseguir durante su
formación el dominio de por lo menos, los "seis estilos". Para ello no
bastaba sólo con aprender las bases teóricas de cada estilo; sobretodo
había que tener práctica y un buen ojo para las proporciones de la
superficie que se quería rellenar con escritura. En los ejemplares del
Corán en pergamino era una superficie horizontal, sobre la que las
líneas no fueron ordenadas por palabras sino por gru­pos de letras, lo
que dificulta la lectura fluida. Con los ejemplares del Corán en papel
apareció el formato vertical, donde cada línea debía aca­bar con una
palabra completa. Para ello, las palabras no tenían que estar muy juntas
ni pasarse de los marcos fijados. De esta manera, cada línea tenía que ser
cuidadosamente pla­neada si quería ser estéticamente equilibrada; del
mismo modo, la relación entre las líneas debía ser tenida en cuenta para
no confundir los trazos arqueados hacia abajo con los trazos ascendentes
de la línea inferior. Finalmente, las páginas anterior y posterior tenían
que tenerse en cuenta en la planificación del conjunto para evitar así
cualquier desequilibrio.

Estas consideraciones eran válidas tanto para libros como para
composiciones caligráfi­cas, que a veces estaban compuestas por tan
sólo una frase o incluso tan sólo una palabra. Ya muy temprano se
encuentran tales composi­ciones en objetos de uso habitual, y más
tarde en hojas sueltas signadas, que fueron coleccio­nadas, pegadas y
encuadernadas en álbumes. La poesía persa en nastaliq, a menudo escrita
en diagonal sobre la hoja, era apreciada en la India y en Irán, mientras
que en el Imperio Oto­mano se preferían breves textos, en escrituras de
diferentes tamaños, sobre hojas de formato horizontal. Las cerámicas del
siglo X de Samarcanda pertenecen a los ejemplos más impresionantes
de la utilización de escritura en objetos de uso cotidiano. También las
innume­rables inscripciones en la arquitectura debían ser exactamente
planeadas; en Turquía y Persia, las obras diseñadas por calígrafos
conocidos están a menudo firmadas.

La caligrafía es un arte que no puede aprenderse mediante la
memorización de sus reglas; para desempeñarlo con gran maestría se
requiere de un talento especial. En la actua­lidad, los artistas de todos los
lugares donde se cultiva la escritura árabe en su tradición caligráfica se
esfuerzan por conseguir este dominio.

*Fuentes: Agencia IQNA y otras.

 

 
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