Una cultura secularizada como la occidental, no ofrece resguardos seguros para estar en condiciones de vencer a las tentaciones mundanales. La tentación sexual, el adulterio, el dinero, los cargos, los placeres, el lujo, los privilegios, la inmunidad ante los pecados y errores, el robo, el abuso del otro, el engaño, ¿acaso pueden sortearse sin una conciencia espiritual de un bien mayor junto a un Dios que observa todos nuestros actos y pensamientos? Los abusos de poder de las personas o grupos que acceden a la cima política, económica o cultural, son demasiados para hacerle frente con la menguada espiritualidad y moral que ofrece el sistema cultural secularizado de Occidente en nuestros días.
El cristianismo más ligado a los intereses de la independencia de las naciones y pueblos
latinoamericanos, tan fuerte en los años sesenta y setenta, hoy se haya eclipsado y
no muestra ese entusiasmo y optimismo de aquellos años. Los golpes militares y la
inclinación de la madre Iglesia por la opción del poder al estilo del Opus Dei, parece
haber restado fuerza vital al movimiento tercermundista del cristianismo, el menos en la
aparente superficie.
El movimiento social que tiene lugar en el continente americano, en pro de la
reivindicación de los derechos soberanos de los pueblos, ha, necesariamente, de ser
acompañado de un sentido y profundo tinte religioso para que las masas puedan
intervenir y comprometerse con valores espirituales que garanticen sus conquistas para
no volver a ceder frente a las tentaciones del poder. Lo que es más importante para
los pueblos es redescubrir el rol activo de Dios en Su ayuda a una efectiva liberación espiritual, y no meramente a una liberación material por importante que esta sea. Dios
nos libera, pero no solo en un sentido individual o de pequeña comunidad de feligreses,
sino en un sentido social, político, económico y profundamente humano. Nos libera de
los límites de la materia en que nos deja atrapado cualquier visión inmanente por más
revolucionaria que sea.
Es necesario que la religión bien entendida, la profética y apostólica, no la romana
imperial, nutra a las almas de un sentido trascendente de la vida, de una conciencia de
nuestro origen divino y nuestro destino de comparecencia frente a Dios para ver nuestras obras juzgadas por el Altísimo. Debemos ser conscientes, como enseñaron los profetas, que Dios es benévolo con todos los seres- para todos sale el sol-, pero lo es infinitamente más con quienes lo reconocen, le agradecen, lo adoran y buscan Su ayuda. Debemos ser conscientes, además, que cada acto por pequeño que sea, será juzgado y nos acercará al paraíso o al infierno en este mundo y en el otro. No podemos abusar de los demás sin perjudicarnos espiritualmente y moralmente y sin hundirnos desde una perspectiva más real y profunda. Tanto la benevolencia y ayuda de Dios son necesarias como Su carácter protector y la prevención y control para nuestra alma que supone saberlo presente en todo momento.
No es la mera distribución justa de los bienes materiales lo que está en juego, por más
importante que esta justicia sea. No ha de agotarse en este objetivo la lucha contra el
imperialismo. En el seno de una familia, reina, en el mayor de los casos, la justicia e
incluso el amor por encima de ella. ¿Qué es sino, el sacrificio de una madre y un padre
por el bienestar de los hijos en la mayoría de los hogares? ¿Acaso no posee un valor
mayor al de la justicia una madre que padece insomnio, frio y hambre para que nada les
falte a sus hijos? Sin embargo, ¿acaso este amor por encima del mero trato justo hacia
los hijos agota el sentido de la vida en el seno de una familia? ¿Es posible encontrar un
sentido a la vida en este mundo que culmina fatalmente con la vejez, la debilidad, la
enfermedad, la debilidad y la muerte, sin trascenderla? Por supuesto que no. Esta visión, es, a mi entender, lo que le falta a los movimientos independentistas y buscadores de la justicia social en el campo político en nuestra querida Latinoamérica.
La Política es un arte y una ciencia elevada entre los hombres, pero está por debajo
de ciencias como la filosofía y la teología que le otorgan sentido y norte a todos esos
esfuerzos y luchas. El símbolo religioso del eterno combate de David contra Goliat, o de
Moisés contra el Faraón, muestra la necesidad de combatir la tiranía con la ayuda de
Dios. Los imperios de siempre, pretenden tomar de rehén la idea de Dios, haciendo de
la religión un opio para los pueblos, pero los profetas de Dios, los verdaderos líderes y
liberadores han despertado a las masas y han vencido en distintos momentos a los falsos poderes.
Los pueblos latinoamericanos deben reencontrarse con Dios, el verdadero Dios de justicia, de amor, de rechazo por la pobreza a que son sometidos los pueblos por la arrogancia y avidez de las elites gobernantes y aquellas aliadas del imperio y encaramadas en las estructuras de poder económico, político, jurídico, cultural, informativo.
El movimiento popular liberador está vigente en nuestro continente como lo soñaran
nuestros próceres, pero para concretarlo en su dimensión humana más profunda es
necesario rescatar la relación con Dios, el mejor y más fiel Aliado. El Dios que creó la
tierra y lo que hay en ella, para usufructo de todos los hombres y no de las minorías
privilegiadas y egoístas.
Los pueblos han de recuperar la fuerza de la súplica a Dios, fuente de todo bien, Justicia y Sabiduría, el liderazgo de los sabios y santos, que como David, Moisés, Abraham , Jesús y Muhammad (Mahoma), enfrenten a los faraones y césares de turno, para no someterse sino a Dios y no a los falsos profetas o líderes que conducen al infierno de la avidez, el desenfreno y despilfarro en el menor de los casos y a la pobreza, miseria y humillación en la mayoría de ellos y a la corrupción en todos ellos.










