Tuve el inmenso placer de estar ahí en 1997, cuando el complejo turístico aún pertenecía a la adinerada familia Boulton, así como la línea aérea AVENSA. Llegué a conocerlo debido a un paquete económico ofrecido a operadores de agencias de viajes denominado “Guacamaya Bandera” (por el ave cuyo plumaje tiene los colores de la insignia venezolana) De otro modo, no hubiera podido disfrutar de esa maravilla, dado que para la gente común de este país bolivariano los precios eran más que elevados. Cuando consulté los motivos, me dijeron en la empresa Hortuvensa que no querían “contaminar” la estadía de los turistas extranjeros con los nacionales, por eso la razón de los precios. Similar actitud también se tomó con el archipiélago de Los Roques, pero ese será tema de una próxima nota.
Durante el viaje de ida me imaginaba que en el lugar habrían bandadas de las aves que le daban nombre al paquete turístico, pero no fue así. Consulté al respecto y me comentaron que, desde un buen tiempo, solo habían dos guacamayas y hacía como un año que no se las veían en la zona. Este hecho me llamó mucho la atención. Algo estaba pasando y trataría de averiguarlo. En vez de contratar los paseos con los guías del complejo, me dirigí a los pobladores originarios, la tribu Pemón, para que uno de ellos nos mostrase su tierra. No recuerdo ahora el nombre del indígena en su lengua, pero sí la traducción: “Naturaleza” y con él, durante dos días, no solo recorrimos los lugares más bellos sino que nos mostró parte de la fauna y flora.
El espectáculo visual de la primer noche, apostado en la terraza del salón comedor, fue inolvidable. Una poderosa tormenta eléctrica se desataba en el horizonte, cuyos rayos iluminaban los contornos de los tepuyes y la floresta selvática, dando variedad de colores al cielo nocturno que se reflejaba en la laguna formada por varias cascadas frente al complejo. Tan hermosamente primitivo el paisaje, que me quedé esperando que un dinosaurio sacase del agua su largo cuello, que evidentemente no sucedió. Tampoco salieron las anacondas, que si las hay, e impresionan los metros de cuero de cada una de las capturadas que adornan los salones del complejo. Al momento de la cena, tomé contacto visual con la mayoría de los empleados de cocina, camareros y limpieza. Eran muchachos y muchachas Pemón.
En la última tarde que pasé en Canaima, y después de insistir bastante, pude concretar una entrevista con el Cacique o Jefe de la zona, Cristóbal Montes de Oca. Su casa estaba hecha de bloques, como la de cualquier asentamiento, y techo de hoja de palma. Su vestimenta no lo distinguía de las otras dos personas que lo acompañaban y era totalmente occidental, vaqueros y camisas de manga corta. Le conté mi inquietud sobre la ausencia de fauna grande que vi en los recorridos, incluidas las guacamayas, pero daba respuestas vagas y generales, sin concretar una respuesta interesante. Hasta que, tomando un trozo de Casabe (especie de pan o galleta que hacen con harina de yuca o mandioca) lo mojó en un recipiente artesanal de barro cocido, donde había un líquido oscuro parecido, en su aspecto, a la salsa de soja. Me contó que ese líquido lo preparaban ellos y que era muy picante, debido a uno de los ingredientes: Bachacos (Hormigas gigantes) ofreciéndome de forma inmediata a probarlo, cosa que hice, y la verdad, es muy picante!!! Después de ponerlo en mi boca y tragarlo, prácticamente se me durmieron lengua, paladar, esófago, etc. Por lo tanto, seguí mojando el casabe y compartiendo con ellos. Después de ese acto, que lo consideré como una prueba de fuego (para el aparato digestivo en este caso) empezó a comentarme que debido al tránsito de los turistas por la selva y al de las curiaras (embarcaciones hechas de un solo tronco ahuecado a hacha y fuego, pero que para el complejo utilizan motores fuera de borda) por laguna y ríos, con el transcurso de los años fueron desapareciendo los monos y los peces, base del alimento de ellos. Muchos habían decidido emigrar a lugares más apropiados y otros, como ellos, decidieron quedarse en su tierra, pero no les quedó otra alternativa que emplearse en el Complejo turístico. Al consultarle por la relación de trabajo que mantenían, dado que había visto a varios empleados del hotel con sobras de las comidas de los huéspedes, que en horas libres utilizaban como carnada para tratar de pescar algo y de paso las comían, en fin, si se sentían explotados por los dueños, volvió al hermetismo y repitió la necesidad de quedarse en su tierra.
Dos grandes y gratas sorpresas me tenía preparadas Canaima. Una me la dio en la mañana del retorno. Salgo de la habitación que daba a la playa de la laguna y siento unos gritos provenientes de la floresta que está a la izquierda. Me apuro para mirar y veo una Guacamaya Bandera!!! Después de un año de ausencia!!! Durante el desayuno se arrimaron al salón comedor las dos aves y mostraron su hermosura, su confianza para con los turistas y su habilidad para “robar” de las mesas los paquetitos de mantequilla, quitarles el papel de aluminio y disfrutar de ese manjar proveniente de la leche vacuna.
La otra me la transmitió hace unos meses la cantante venezolana y pemón Elena Gil, en su tránsito por Montevideo. A finales de septiembre de 2007, como consecuencia de la revolución bolivariana, se hizo la transición de Hoturvensa al Estado venezolano de la explotación del Complejo turístico de Canaima, y en marzo de 2008 se hizo un acuerdo con la Tribu Pemón de la zona para que ellos trabajaran en el acondicionamiento y ampliación del complejo, además de compartir la explotación turística en trabajo e ingresos!!!
Un abrazo enorme a aquellos que aguantaron por su tierra y al fin la tienen.
Néstor Bohdan










